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Perdonaos los unos a los otros, como yo os he perdonado PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Efrain Araya   
martes, 01 de septiembre de 2009


Perdonaos los unos a los otros, como yo os he perdonado
(Mateo 18: 23 - 35)

El tiempo de la gracia se termina. Nuestro Salvador el Señor Jesucristo está pronto por venir. Es necesario y urgente que en esta hora los hijos de Dios se reconcilien si son verdaderamente creyentes y vivan como genuinos hermanos en armonía, glorificando al Señor donde se encuentren, ya que el cuerpo de Cristo es uno, que es su Iglesia, la cual compró con el precio de su sangre.

Preguntamos al Señor ¿Como poder conocer a los verdaderos hermanos, y Él nos responde:
 
“Por sus frutos los conoceréis.
¿Acaso se sacan uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da malos frutos.
No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.
Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16-20)

Es necesario preguntarse delante del Señor para conocer de los frutos de los que tengo como amigos y hermanos ¿Son verdaderos creyentes? Miramos sus vidas en el pasado, han sido personas que han procurado la unión de la Iglesia y los hermanos, y al alejarse por un trabajo mayor que tengan que hacer para la edificación de otras asambleas, han dejado un buen recuerdo, un perfume de armonía, y tristeza por su alejamiento, el Señor dice: por sus frutos los conoceré

Solemne verdad, lo que ocurrirá cuando el Señor arrebate su Iglesia, la Palabra dice: “Después que el Padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando afuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor ábrenos, el respondiendo os dirá: No se de dónde sois” (Lucas 13:25)


El Apóstol Pablo, en sus viajes se encontró con falsos hermanos, que
simulaban ser creyentes, pero sus corazones estaban muy lejos del Señor, sus deseos personales los llevaban a dividir las Iglesias locales, lo que producía gran dolor en el Apóstol cuando los visitaba
 
“En camino muchas veces; en peligro de ríos, peligro de ladrones, peligros de los de mi nación, peligro de los gentiles, peligro en la ciudad, peligro en el desierto, peligro en el mar, peligro entre falsos hermanos” (2 Corintios 11:26)

Porque hay un solo cuerpo y una sola Iglesia, todos los asuntos conflictivos personales deben ser perdonados, así como Cristo el Señor nos  ha perdonado.  El enemigo de Dios y enemigo de las almas de los salvados, Satanás, está  trabajando para producir enemistad entre los creyentes, y debemos lamentarlo porque en parte lo consigue, por lo que debemos cuidarnos de esa infiltración humana y maligna. Satanás trabaja y procura producir una división entre los hermanos, ya que nunca podrá quitarles la salvación que el Señor un día les ha dado a todos sus redimidos por su gracia. Pero sí les puede quitar el gozo, la paz y la armonía que el Señor quiere que tengan los santos, dividiendo la unidad de los creyentes.

Donde quiera que haya un hombre o una mujer que el Señor salvó por su gracia, ahí hay un hermano tuyo, al que debes amar y cuidar, para que la vida en la Iglesia se aglutine en un solo cuerpo, sea notoria al mundo, y el Santo Espíritu tenga libertad para obrar en medio de ella y el mundo pueda apreciar su presencia. Dice el Señor:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”   (Juan 13: 34 – 35)

El Señor se goza cuando ve a sus hijos esforzándose en practicar el amor y la comunión entre ellos.  Cuan grande es verlos en armonía:       
 


“¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Porque allí envía Jehová bendición y vida eterna”   (Salmo 133: 1, 3b)

El amor entre los hermanos constituye la gran enseñanza práctica del Señor, y su gran preocupación. Para mayor claridad emplea  una parábola, para que ninguno de sus hijos se confunda.

El Señor se refiere en el versículo 23 de nuestro pasaje a un rey que hace cuenta con sus siervos. Se presenta uno de los deudores que le debía diez mil talentos. Era esta una deuda muy grande, que el hombre no estaba en condición de pagarla. Esta deuda del hombre de la parábola es menor que la que tiene la raza huma por su pecado  ya que no se puede pagarla ni con plata, oro ni trabajo humano, obras llamadas buenas. Job dice:

“Si yo me justificare, me condenaría mi boca; Si me dijere perfecto, esto me haría inicuo. Si fuese íntegro, no haría caso de mí mismo; Despreciaría mi vida. Una cosa resta que yo diga: Al perfecto y al impío Él los consume”   (Job 9: 20 - 22) 

El creyente redimido que nunca pudo pagar esa deuda, sólo Dios por Su gracia lo salvó, lo compró a gran precio, mediante la sangre de Su Hijo derramada en la cruz del calvario, después de sufrimientos indecibles.

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios, en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”  (1 Corintios 6: 20)
 
Ante la deuda tan grande que el hombre no podía cancelar, el rey ordenó venderle como esclavo. ¡Solemne!

“A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda”  (Mateo 18: 25)

Grande es la deuda material que este hombre tiene, pero no es de comparar con la deuda que el hombre caído, toda la raza humana, tiene con Dios. Por esto el Santo Dios mira al hombre pecador en su extrema pobreza, y puede decir:   

“Como esta escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno”  (Romanos 3: 10 - 12)  
 
“Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”  (Romanos 3: 22 - 23) 

El hombre deudor de la parábola, no pudiendo pagar, apela a la gracia y misericordia de su señor. Postrado le ruega, y en su angustia le promete lo que le era imposible pagar, porque la deuda  le era impagable. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo”

De esta manera, en el día de hoy, se expresa la criatura religiosa. Está procurando pagar con sus llamadas “buenas obras”, la gran deuda que tienen con Dios por sus pecados. Pero en vano trabajan, pues, sus acciones de justicia están manchadas con los pecados que han cometido en su vida. Lo que el ser humano no puede limpiar, por más que trabaje, el Señor le dice: 

“Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor”  (Jeremías 2: 22)

Ante el ruego del hombre, la misericordia de Dios se manifiesta como
se aprecia en el evangelio de misericordia para el alma arrepentida. El evangelio es la fuente de perdón gratuito que el Señor concede al corazón arrepentido. Dios da muchísimo más de lo que se le ha pedido. En Su gracia y misericordia le da gratuitamente al necesitado arrepentimiento, perdón de sus pecados por gracia, y lo lava con la sangre derramada por su amado Hijo el Señor Jesucristo en la cruz del calvario.

 

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”  (Efesios 2: 4-7, 9)

Saliendo el siervo que había sido perdonado, nos cuenta el relato, halló un consiervo que le debía cien denarios, una minucia ante la deuda que su señor le había perdonado, pero su espíritu era otro, y no estaba dispuesto a perder nada. Págame lo que me debes, le decía, y lo estrangulaba, arrastrándolo delante del Juez, a pesar de los ruegos de su consiervo. Sin duda él no obró de la manera como su señor había actuado con él. 

“Entonces Abram dijo a Lot: No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque somos hermanos”   (Génesis 13: 8)

El Señor les enseña a los hombres que aquel que no perdona a su prójimo lo entregará a los verdugos, hasta que pague todo lo que debe.

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”   (Mateo 6: 14 - 15)

La gran lección para el pueblo de Dios, es lo señalado en el versículo treinta y cinco de nuestro pasaje: “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas”   (Mateo 18: 35)

Cuando estamos llegando al fin de este tiempo de la gracia de Dios, porque el Señor está pronto por venir, debemos examinarnos si hay algo que tenemos pendiente con algún hermano. Si es así debemos buscarlo hasta encontrarlo, no precisamente para discutir con él sino que con el propósito de reconciliarse con él. Si no lo hacemos, cuando estemos en la presencia del Señor ya  será tarde, porque seremos reprendidos por el justo Dios.

El Señor quiere que  los suyos ejercitamos el perdón, sin acordarnos de lo que nos hayan hecho, así como Cristo nos perdonó.   

“Examíname, oh Dios y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame por el camino eterno”    (Salmo 139: 23 - 24)

¡Amémonos y perdonémonos los unos a los otros, porque somos hermanos!

E. Araya

 
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